Desde sus inicios en el siglo XIX hasta la actualidad, el tomate canario ha dejado una profunda huella tanto en las islas como en los mercados europeos, consolidándose como un símbolo de identidad agrícola.
El cultivo del tomate para exportación en Canarias comenzó en 1885, coincidiendo con la finalización de la primera fase del Puerto de La Luz en Las Palmas de Gran Canaria. Esta infraestructura facilitó el comercio marítimo, permitiendo que los primeros ensayos agrícolas destinados al mercado exterior se realizaran con éxito. Pronto, el cultivo del tomate se convirtió en un pilar económico para el archipiélago.
A finales del siglo XIX, empresas británicas como Hudson and Fyffe y la naviera Elder and Dempster sentaron las bases de una industria exportadora de gran envergadura. Su fusión en 1901 dio origen a Elder Dempster and Fyffes Ltd., compañía que monopolizó el comercio de frutas en las islas durante décadas. Esta empresa no solo controlaba el transporte y los precios, sino que también ofrecía insumos y financiación a los agricultores, estableciendo una relación de dependencia económica que definió el modelo productivo durante años.
En los años treinta, el control del sector pasó progresivamente a empresas canarias. Surgieron múltiples cosecheros-exportadores locales, y se implementaron mecanismos de regulación y control de calidad a través de organismos como el Sindicato Hortofrutícola y el Soivre. A pesar de estos avances, la Segunda Guerra Mundial interrumpió la exportación durante cinco años.
El periodo de posguerra supuso una revitalización del sector. El tomate canario fue el primer producto español que importó el Reino Unido tras el conflicto, iniciando el denominado “boom del tomate”, que se extendió hasta la década de 1970. Esta etapa vino acompañada de importantes tensiones laborales. El modelo de aparcería, que implicaba que los trabajadores asumieran riesgos económicos sin apenas garantías, fue duramente cuestionado. Finalmente, en 1970, se logró su integración en el régimen laboral agrícola, un hito en la mejora de sus condiciones de vida.
Durante décadas, las empaquetadoras —mayoritariamente compuestas por mujeres— fueron una pieza fundamental del engranaje productivo. Ellas se encargaban del clasificado y empaquetado del tomate para su envío a los principales mercados europeos, donde el sello Canary Island Produce era sinónimo de calidad.
El auge del sector favoreció el desarrollo de numerosos núcleos poblacionales cercanos a los almacenes de empaquetado y zonas agrícolas. Muchos trabajadores emigraron desde zonas del interior y formaron comunidades que, con el tiempo, se consolidaron social y económicamente.
La entrada de España en el Mercado Común en 1986 dio un nuevo impulso a la exportación, alcanzando cifras récord en los años noventa. Sin embargo, a partir del año 2000, la aparición de plagas como la “tuta absoluta” y la fuerte competencia de terceros países marcaron el inicio de una etapa de declive.
Actualmente, el sector se mantiene gracias a cooperativas y empresas locales como SAT Juliano Bonny Gómez, Coagrisan o Fresh Tom Export. Estas entidades han conseguido sostener una producción de más de 32.000 toneladas anuales, pese a las dificultades del mercado global.
Con la vista puesta en el futuro, el sector busca el reconocimiento oficial del “Tomate Canario” mediante la Indicación Geográfica Protegida (IGP), una distinción que pondría en valor su calidad, tradición y arraigo en el paisaje agrícola de las islas.
